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Extractos fundamentales
MANUAL TEÓRICO-IMAGINARIO DE RESILIENCIA
SEGUNDO ENTREMÉS
Ramioro se levantó del sofá, con ánimo de coger un sabroso refresco de limón de entre los que se encontraban en la bien surtida nevera, tropezó con el borde de la alfombra, que su perro Sasafrás había estado mordisqueando, y fue a caer sobre la mesita de caoba maciza que se encontraba en el centro del salón, golpeándose la cabeza contra su borde, fracturándose, consecuentemente, el cuello, y muriendo en el acto. Su esposa, Nisimí, que se encontraba sentada en un sillón en la misma estancia, apartó la vista de la televisión y exclamó de manera medianamente audible:
—¡Caramba!
Nisimí observó la fatal escena durante largos segundos antes de poder tomar una decisión. Luego apagó la televisión con el mando a distancia y lo depositó en una especie de alforja en miniatura hecha a medida, que colgaba del reposabrazos de su sillón, y que había adquirido a través de un programa de ofertas televisivas tan solo hacía dos meses. Después contempló con ojo crítico el cadáver de su marido, moviendo ligeramente la cabeza hacia los lados para tener una vista mejor. Ramioro tenía el cuello doblado hacia atrás, en una posición difícilmente compatible con cualquier clase de vida. El brazo izquierdo se encontraba extendido hacia delante, como si estuviese saludando a algún amigo imaginario. El brazo derecho, por el contrario, había quedado atrapado debajo de su barriga en un extraño ángulo, y solo asomaban unos dedos por el costado del mismo lado. Las piernas estaban dobladas, como si pretendiese seguir andando por el suelo, pero sin despegar su cuerpo de él. Nisimí suspiró quedamente e hizo ademán de levantarse, aunque, luego se lo pensó mejor, y volvió a sentarse. Sentada cavilaba mejor.
Tenían previsto para esa noche ver la enésima reposición de una película de misterio de los años cincuenta, en blanco y negro, en uno de los canales de la televisión pública, que tan dada era a la repetición casi obsesiva de sus preciados productos clásicos. No es que ninguno de los dos encontrara especialmente atractiva la idea de ver una vez más la película en cuestión, pero las alternativas, tras sesenta años de matrimonio, parecían simplemente inexistentes. Finalmente, Nisimí se levantó del sillón y se dirigió hacia la otra mesita del salón, en la que se encontraba el teléfono antes fijo, y que en aquellos días contemporáneos era ya inalámbrico. Lo cogió y se dispuso a marcar uno de los números memorizados en el terminal, que correspondía a los servicios de emergencia. Luego se lo pensó mejor. Le pareció que aquello no era ya una emergencia porque nada podía hacerse para revertir la situación del pobre Ramioro, de modo que volvió a depositar el teléfono en su sitio. Y volvió a sentarse.
La postura en la que había quedado Ramioro le pareció indigna. Él siempre había sido muy formal y, aunque se hubiese jubilado hacía ya unos años, su larga carrera como inspector de la hacienda pública había dejado en su carácter una impronta de meticulosidad y de cierta rigidez. La misma que empezaba a apoderarse de su cuerpo exánime. Aquella postura deslavazada no era propia de Ramioro, que había hecho gala, en vida, de una armonía de movimientos digna de un bailarín, tales eran su flexibilidad y su compostura. La situación le pareció muy desagradable a Nisimí. Decidida, se levantó una vez más del sillón y se acercó a Ramioro. Le agarró el brazo izquierdo y se lo pegó al costado. Después atrapó, no sin cierta dificultad, el brazo derecho, y lo colocó en la misma posición que el otro. Eso estaba un poco mejor, aunque no resultaba del todo satisfactorio. Después de meditarlo largamente decidió que el cuerpo no podía estar boca abajo y, con grandes esfuerzos, consiguió sentarlo, apoyando para ello la espalda de su marido en los bajos del sofá. Se alejó un poco para tener una mejor perspectiva y contempló su obra con ojo crítico. Seguía sin quedar satisfecha. Ramioro nunca se habría sentado en el suelo. Él siempre fue muy formal. Se acercó a su cuerpo y, agarrándolo por las axilas, tiró fuertemente hacia arriba hasta que consiguió sentarlo en el sitio que ocupaba antes de que se le ocurriera levantarse en busca del maldito refresco de limón. Eso estaba mucho mejor. Casi parecía que fuera a decir algo, si no fuera por el hecho de que sus apagados ojos prácticamente estaban mirando hacia detrás, hacia el papel descolorido que cubría las paredes del salón.
Nisimí, plenamente satisfecha con su decidida acción, se sentó en el sillón y contempló arrobada a su marido. ¡Parecía tan lleno de vida! ¡El pobre! Notó como unas lágrimas pugnaban por asomarse a sus ojos. Las reprimió a duras penas. Su matrimonio no se había caracterizado precisamente por las efusividades. Hasta Sasafrás, el perro causante de aquel estropicio, parecía sentirse conmovido. Movía frenéticamente la cola y miraba alternativamente a Nisimí y a Ramioro. De repente, pensando que este último estaba todavía vivo, el cánido pegó un gran salto hacia él, y fue a aterrizar en su pecho, haciendo que su cabeza golpeara violenta y estrepitosamente contra la pared. Aquello tuvo la virtud de hacer que el cuello de Ramioro se enderezara y de que la cabeza recuperara la posición original y, al mismo tiempo, de insuflar de nuevo la vida al cuerpo inerte. Ramioro exhaló un profundo y sonoro quejido que parecía brotar de lo más hondo de sus revitalizados pulmones:
—¡Auaaaaaaaaaaaaarg!
Al oírlo, Sasafrás huyó despavorido y fue a guarecerse bajo la mesita del teléfono. Nisimí dio un respingo y se quedó mirando con los ojos muy abiertos al renacido Ramioro. Este miró desconcertado alrededor, como si no supiera dónde estaba y, cuando consiguió abrir la boca, solo atinó a decir:
—¿Y mi refresco de limón?
Nisimí se encontraba nuevamente al borde de las lágrimas. Miró a su marido tiernamente y dijo, solícita:
—Ahora mismo te lo traigo. No te muevas.
Se levantó y, de manera inesperada, tropezó con el borde de la alfombra que el taimado Sasafrás había estado mordisqueando, yendo a caer sobre la mesita de caoba maciza que se encontraba en el centro del salón.









